EL RINCON LITERARIO/ Las Tierras Azules. El Reino de Sozneil

Las Tierras Azules. El Reino de SozneilEste viernes, en el Rincón Literario de La Voz del Henares incluimos el primer capítulo de un libro que se acaba de publicar. Se trata de la primera novela de Clara E. Rodríguez cuyo titulo es “Las Tierras Azules. El Reino de Sozneil”. Podéis adquirirlo si residís en España o en cualquier otro país de Europa, en papel  aquí o en formato electrónico aquí. Para América Latina, podéis adquirirlo aquí para México, aquí para Colombia y aquí para Argentina.Se trata de una novela en la que se mezcla la aventura, la magia y la amistad, dirigida a lectores de todas las edades, amantes de un mundo fantástico. En este primer capítulo el lector se engancha a una historia que no podrá abandonar. Esperamos que os guste.

 

 

Las Tierras Azules

El Reino de Sozneil

Capítulo 1

Llegada a Sozneil

La noche había sido movidita. Martina se sentía con el cuerpo dolorido y la mente pesada. La fiebre había hecho estragos en ella y no tenía más remedio que aceptar que tenía un proceso vírico y hoy sería imposible ir al examen que tan bien había preparado durante los últimos días.

La pobre no tenía fuerzas ni para enfadarse y rebelarse contra la situación, así que resignadamente optó por aceptar con agrado el desayuno que su madre le preparó y hacerse un ovillo bajo las sábanas esperando que las horas pasaran lo más rápidamente posible.

Después de un rato con la mirada perdida, se fijó en una pintura que tenía en su dormitorio y que le había regalado su abuela en su octavo cumpleaños, se trataba de un paisaje con montañas y mar, a ella le fascinaba.

Era un pueblo marinero, con casitas de colores, flores, árboles, barcas, gaviotas..., en el que no se veían personas, y Martina siempre se había preguntado cómo sería la gente que vivía allí, ¿en qué trabajarían?, ¿serían felices?, ¿se enfermarían?... Cerró los ojos. Comenzó a oír el continuo vaivén de las olas en la playa, el graznido de las gaviotas; hasta podía sentir el olor a mar y viento. Tan vivas eran esas sensaciones que no quería abrir sus ojos por miedo a que todo desapareciera. Se dejó llevar.

o0o

-Osnófal, ¿estará muerta?

-Podría ser, Lebira. Viste una ropa muy extraña y no lleva el rostro cubierto.

Al escuchar las voces, Martina dio un salto y miró a su alrededor. Estaba en una playa, frente a ella había un muchacho de pelo castaño y grandes ojos que podría tener su edad, más o menos. Su mirada era entre aterrada y sorprendida, junto a él se hallaba otra persona que, por su vestimenta bien podía ser un fraile ya que una capucha le cubría la cabeza y no dejaba ver su cara,  parecía estar asustada, pues agarraba fuertemente el sayo del chico. Martina se encontraba un tanto conmocionada, aquel paisaje le resultaba familiar, aunque nunca antes había estado allí.

-¡Hola, me llamo Martina! ¿Dónde estoy? ¿Cómo se llama este lugar?

-¡Hola! Yo soy Osnófal, ella es mi hermana Lebira y estás en el Reino de Sozneil. ¿De dónde vienes tú? Deberías taparte, si te ven así los soldados de la reina Lasira podrían detenerte y…

En ese momento vieron a lo lejos un grupo de soldados a caballo que estaban haciendo la ronda. Rápidamente fueron a esconderse tras unas rocas. Martina no sabía muy bien qué estaba pasando, pero siguió a los dos hermanos. Giraron alrededor de las rocas y salieron a un camino que iba en dirección a la villa. Corrieron hasta perder el aliento; cuando estaban a punto de llegar a la Puerta Este les cortaron el paso cinco soldados que surgieron de la nada.

-¡Alto! -les gritó el soldado que parecía tener más graduación-. ¿De dónde venís tan deprisa? ¿Acaso huís de alguien? ¿Habéis hecho algo malo?

Osnófal se paró en seco y su rostro se tornó pálido como si la sangre se le hubiera evaporado de las venas, no podía articular palabra. Su hermana tenía la cabeza gacha y aunque con la capucha no se le podía ver la cara, era evidente que tenía la vista clavada en el suelo. Sus cuerpos temblaban ligeramente. Uno de los soldados se acercó al responsable de la patrulla y le comentó algo al oído, mientras los dos miraban a Martina que estaba detrás de los hermanos.

-¡Vaya, vaya! Veo que vais con una extranjera. ¿Cómo te llamas? –vociferó el jefe del grupo dirigiéndose a la muchacha.

-Martina –acertó a contestar con un hilo de voz.

-Muy bien, Martina, tú y tus amigos nos vais a acompañar. ¡Andando! ¡Rápido!

Los tres muchachos comenzaron a andar custodiados por los cinco soldados. Las empinadas calles estaban adoquinadas con grandes piedras grises de distintas tonalidades. Cada casa era de un color distinto, a cual más alegre, con flores en las ventanas y los balcones, había frondosos árboles en cada esquina, era un reino hermoso. Como contrapunto a esa belleza arquitectónica estaban los pocos habitantes que pudo ver por sus calles, todos vestían sayos marrones, algunos con la cabeza descubierta (todos ellos hombres) y otros con capuchas como la de Lebira, lo que le hizo suponer a Martina que los encapuchados eran las mujeres.

Continuaron su ascensión hasta llegar a un puente levadizo custodiado por dos soldados, que llevaba directamente al interior de una enorme fortaleza. Atravesaron el patio central donde había una gran actividad, soldados haciendo guardia en las distintas puertas, carros descargando las mercancías para el normal funcionamiento del castillo, sirvientes que iban y venían realizando diversos quehaceres, malabaristas ensayando sus números, algunos cetreros adiestrando a sus aves. Martina no podía abrir más los ojos, aquello era increíble, durante toda su vida había leído muchísimos libros con historias donde se contaban escenas como ésa y ahora, no sabía cómo ni por qué, estaba viviendo todo lo que hasta ese momento sólo había podido imaginar.

Pasaron a un ancho pasillo, subieron al piso superior y de allí les llevaron hasta una angosta puerta que daba a una escalera de caracol, evidentemente iban a lo alto de una torre. Al final de dicha escalera había una habitación circular donde les encerraron sin más explicaciones.

Cuando estuvieron solos los tres, Lebira se quitó la capucha y Martina pudo ver que era una bella muchacha con la mirada más dulce y serena que nunca antes había visto; llevaba su cabello cobrizo recogido en la nuca con un pequeño moño.

-¡Hola! Yo soy Lebira –dijo la joven esbozando una tímida sonrisa y extendiendo su mano hacia Martina.

-Como puedes ver, estamos en los dominios de la Reina Lasira –comentó Osnófal mientras se dejaba caer en uno de los sillones que había en la sala.

-Pero, ¿por qué nos han detenido? ¿Qué hemos hecho?

-La verdad es que no estamos detenidos, si lo estuviéramos no nos habrían dejado en esta cómoda estancia, sino en las mazmorras –aclaró Lebira.

-Siéntate, Martina, es una historia un poco larga. Verás, la Reina Lasira es hija del Rey Zaíd el Magnánimo, un gran soberano. Pero todo lo que su padre tiene de ser humano excepcional, lo tiene ella de perversa y egoísta. Desde muy pequeña se le notaba su tendencia a la maldad, según cuentan envenenó a varios gatos para probar sus experimentos, algunas hijas de cortesanos, a las que consideraba más agraciadas que ella, sufrieron en sus rostros arañazos de tal calibre que quedaron marcadas para el resto de sus vidas. Su padre la amaba tanto que la concedía cada capricho que tenía, no se daba cuenta del monstruo en que se estaba convirtiendo la joven princesa.

“A la edad de 20 años se casó con el Príncipe Siuldro. Nadie sabe muy bien su procedencia, oficialmente se dijo que venía del lejano Reino de Pindás, pero parece ser que era un discípulo del gran Mago Dírdam, aunque éste le expulsó antes de acabar su preparación porque vio en Siuldro un excesivo amor a las riquezas y un corazón demasiado oscuro para poder depositar en él el enorme poder de la magia dirdamiana. Entonces es cuando vino a nuestro reino y, con encantamientos que había aprendido, enamoró a Lasira y así se convirtió en Príncipe de Sozneil.

“Poco a poco fueron envolviendo al buen Rey Zaíd en sus intrigas y conquistando más y más parcelas de poder, hasta que llegó un momento, según se cuenta, en el que obligaron al Monarca a abdicar a favor de su hija, acusándolo de locura, para lo cual Siuldro le hizo un hechizo que consistía en que cada vez que el Rey Zaíd estaba en público todos sus sentidos se abotargaban, apenas podía moverse, sólo emitía sonidos incoherentes e incluso babeaba. Así demostraron la locura del Soberano y todo el pueblo, aunque lloró amargamente por la desgracia de su querido Rey, aceptó de muy buen grado a los nuevos Soberanos, pensando ingenuamente que Lasira, una vez coronada Reina, seguiría los pasos de su padre.

“Comenzaron a promulgar leyes absolutamente injustas, como la que obliga al pueblo a llevar estos sayos parduscos con que ahora nos vestimos. Las mujeres, y las muchachas a partir de los 10 años, deben ir con capuchones, como el que lleva mi hermana, cuando salen a la calle o están con gente que no sean familiares directos (a no ser que tengan alguna deformación en el rostro), para no herir su vanidad, pues ella considera que, como Reina de Sozneil, es la más bella y no permite que nadie le pueda hacer sombra.

-¡Es tremendo todo lo que me contáis! Pero hay algo que no entiendo ¿por qué nos tienen aquí? ¿Por qué el soldado que nos ha dado el alto os ha recriminado que vayáis con una extranjera? –dijo Martina un tanto desconcertada.

-Supongo que será porque la Reina quiere conocerte, pues algo que Lasira no permite es que haya ni un solo súbdito suyo o persona que pase por su Reino, que ella no sepa quién es y qué hace. Lo controla todo –contestó Lebira mirando por un ajimez de la torre hacia el mar-. Y nosotros estamos también aquí porque no saben qué relación tenemos contigo.

-¡Eh, Lebira! ¡Ésa es nuestra casa! Se ve preciosa desde aquí –comentó Osnófal mientras señalaba con su dedo a la lejanía.

-¿Cuál es vuestra casa? –quiso saber Martina.

-Mira, aquélla color turquesa. La que está más alejada del resto, en la misma playa.

-¡Ah, sí, ya la veo! Es cierto, desde aquí se ve preciosa...

Tan distraídos estaban explicando a Martina a quien pertenecía cada casa, que no se dieron cuenta del ruido de pasos que llegaban desde fuera. Súbitamente se abrió la puerta, Lebira en menos de una décima de segundo ya tenía puesta otra vez la capucha. Todos miraron expectantes a la entrada.

Entró un oficial que les hizo salir de la sala. Fuera estaban esperando otros dos soldados y entre los tres les condujeron por angostas escaleras y oscuros pasillos hasta llegar a un amplio y luminoso corredor, cuyas paredes estaban decoradas por frescos y tapices. También tenía grandes ventanales, por donde entraba el sol a raudales, algunos de esos ventanales, los del lado derecho, daban a un precioso jardín con árboles frutales, fragantes flores, bancos y un estanque con delicados nenúfares. Martina parecía ser la única que observaba tales cosas, ya que Lebira, como solía hacer, iba cabizbaja con la capucha tapándole totalmente la cabeza, y Osnófal, caminaba sin mover la vista de lo que tenía justo delante, que no era ni más ni menos que la nuca del jefe de la patrulla.

Llegaron ante una puerta de unos tres metros de alto por dos de ancho, de madera oscura con grandes dibujos florales en relieve y forrados en oro. Los dos criados que estaban apostados allí, abrieron con toda la ceremonia que el momento requería las dos hojas de la puerta. Cuando entraron a aquel salón, los tres no pudieron reprimir un sonoro “¡OH!”  de admiración ante lo que vieron. Martina sentía que si abría más los ojos se le saldrían de las órbitas, Osnófal ya no estaba interesado en la nuca del oficial, miraba hacia todos lados sin poder dar crédito, y Lebira levantó un poco su capucha y la agarró fuertemente para que no cayera sobre sus hombros, así observaba todos y cada uno de los detalles que veía. Era un gran salón  con robustas columnas a los lados. Varias vidrieras en las que aparecía el rostro de una mujer de pelo negro y grandes ojos. El suelo era de mármol rosado, cubierto de mullidas alfombras. De los altos techos colgaban trabajadas lámparas de araña, cuyos cristales creaban numerosos reflejos de colores cuando entraban en contacto con la luz. Algo que llamó poderosamente la atención de Martina fue ver que la mujeres presentes en la sala, tanto las pertenecientes a la Corte como las simples criadas, llevaban los rostros cubiertos por máscaras, pero enseguida cayó en la cuenta, era otra forma de ocultar la belleza para que no pudieran hacer sombra a la reina.

Al fondo podían verse dos magníficos sillones de oro, tapizados en terciopelo rojo y sentados en ellos un hombre y una mujer. El hombre, bajito y delgado, tenía el pelo rubio oscuro, fino y muy tieso; sus ojos eran extremadamente pequeños; nariz aguileña y afilada, al igual que su cara, la cual  poseía unos prominentes pómulos. La mujer, en cambio, tenía la cara como una gran esfera cual queso de bola, al igual que su cuerpo que se desbordaba en redondeadas formas; sus ojos eran grandes y negros; su nariz, apenas una diminuta canica en el centro de su sonrosado rostro, y una larga melena de color negro azabache caía por sus hombros y espalda, hasta la cintura. Sus trajes eran lujosos hasta el exceso, él llevaba tonos marrones con dorados y ella, verde musgo y, por supuesto, dorado hasta la saciedad. Las joyas que les adornaban eran muchas, grandes y chabacanas; de hecho, a Martina no le extrañó verles sentados sin moverse, pues con el peso que debían tener aquellas coronas, se podían desequilibrar al mínimo movimiento y darse de bruces contra el suelo. Más parecían el muestrario de un joyero (un tanto vulgar), que los soberanos de aquellas tierras. 

Al llegar al borde de los cinco escalones, sobre los cuales estaban los tronos, el Capitán que iba a la cabeza de la comitiva hizo una profunda reverencia.

-Majestades, aquí están los tres jóvenes.

Tras lo cual se retiró hacia la izquierda, dejando a Martina, Osnófal y Lebira frente a la Reina y su esposo. La Soberana dirigió su mirada hacia la joven extranjera y esbozó una sonrisa algo forzada, después miró a los dos hermanos de manera desdeñosa mientras les preguntaba:

-¿Cómo os llamáis? ¿De qué familia sois?

-Mi nombre es Osnófal y ella es mi hermana Lebira. Somos los hijos de Lafet, el pescador.

-¡Ah, ya sé! –dijo en tono displicente el príncipe Siuldro, mientras añadía entre dientes y sin que apenas pudiera oírse “¡Escoria!”

-¿Qué hacíais en la playa con la muchacha extranjera? –siguió preguntando la Reina.

-Nada, Majestad, nosotros veníamos de coger perlas, porque vamos a hacerle un regalo a nuestra madre y nos la encontramos allí –respondió Osnófal.

-¡A ver! ¡Enseñadme las perlas! –alzó la voz Siuldro, como si de pronto hubiera salido de un profundo sueño. Los ojillos le brillaban de manera inusitada, no quitaba la vista de las manos de los dos hermanos mientras sacaban de sus sayas dos bolsas hechas de cuero rojizo y atadas con un cordel.

Un criado trajo una bandeja de plata sobre la que vertieron el contenido de ambos saquitos. Había perlas de diferentes tamaños. El príncipe se abalanzó sobre la bandeja y comenzó a separarlas. Puso en una segunda bandeja, que trajo un segundo criado, las perlas más grandes, con formas más regulares y con tonos más claros; después con un gesto hizo que les devolvieran el resto.

-¡Muchas gracias por el regalo que le acabáis de hacer a Su Majestad, Lasira I! ¡Ya podéis marcharos, no os necesitamos para nada más!–dijo en tono despectivo Siuldro, mientras sonreía y miraba a su esposa.

Un criado, que parecía se hubiera tragado un paraguas por lo tieso que iba, se acercó a ellos y les indicó con un movimiento de su mano el camino de salida que se encontraba en uno de los laterales del salón.

Martina no pudo ni despedirse de ellos. Miró al frente y se vio ante la Reina y su esposo que la escrutaban como intentando ver en su interior, leer sus pensamientos. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la muchacha: estaba sola ante unas personas que no la inspiraban ni la más mínima confianza. Como si hubiera logrado adivinar lo que pensaba, la Reina Lasira dibujó una sonrisa tan cálida y acogedora, que Martina llegó a sentirse un tanto turbada.

-Mi querida niña, según me han informado te llamas Martina ¿verdad?

-Sí, Majestad.

-Es un nombre precioso, querida –comentó la reina en un tono bastante cordial.

-Pero nada comparable al tuyo, mi adorada Lasira.

La reina tendió la mano a Siuldro y éste comenzó a besuquearla y acariciarla con fruición. La soberana se levantó, bajó los escalones que la separaban de la joven y con una mirada muy dulce la tomó las manos y le dijo:

-Martina, quiero que te sientas como en tu propia casa.

Y dirigiéndose al resto de personas que estaban presentes en la sala alzó la voz y dijo solemnemente: “Yo, Lasira I, Reina de Sozneil, proclamo tres días de fiesta para agasajar a nuestra invitada de honor, Martina. Esperamos que nos obsequie con su compañía durante mucho tiempo”.

-¡Qué así sea! –contestaron a coro todos los presentes.

Martina no sabía qué pensar, qué decir o qué hacer, pero poco importaba. Lasira y Siuldro ya salían de la sala y una sirvienta se acercó a ella y la llevó hasta sus aposentos para que pudiera (según dijo) descansar y prepararse adecuadamente para la cena de gala.

La habitación donde se instaló era cuadrada y muy amplia, con dos grandes ventanas que se asomaban al patio interior que Martina vio cuando iba al Salón de las Recepciones. La cama tenía un dosel de madera oscura  y totalmente tallada con extraños dibujos geométricos. Todo el mobiliario del dormitorio estaba decorado con las mismas chocantes formas que el dosel de la cama; esos dibujos tan raros comenzaron a marearla y se dejó caer en un sofá que había cerca de uno de los ventanales, tenía que descansar un poco, ¡aquel mareo!...

En otro ala del castillo se encontraban Lasira y Siuldro. Se habían despojado de sus pesadas coronas y joyas, y tras despedir a los sirvientes, se quedaron solos en el despacho.

-¿Qué piensas al respecto, Siuldro? ¿Podría ser ella?

-Creo que sí, querida –contestó el Príncipe mientras comía unas jugosas fresas que los criados les habían dejado, junto con sendas tazas de té-. No te preocupes, mi dulce alhelí, está todo controlado. ¿Te he fallado alguna vez?

-¡Por supuesto que no! Pero,... ¿y si los hijos del pescador le han contado algo? Parecía algo asustada, sobre todo cuando ellos se marcharon.

-Aún en el hipotético caso de que le hubieran contado alguna habladuría, ya no tiene importancia. Está alojada en la habitación de los dibujos trastornadores. La sensación que produce al principio la visión de esas figuras no es demasiado agradable y cuando comience a reponerse llegará la doncella para vestirla y adivina de qué ira impregnado su maravilloso vestido.

-¿De olvidadera, por un casual?

-¡Qué inteligente eres, amada mía! Sí, la olvidadera  se filtrará por todos y cada uno de sus poros. De esa manera olvidará todo su pasado y será como si hubiera nacido en el preciso instante en que le pongan el vestido. A partir de ahí podremos meter en su mente todos los recuerdos, verdades y sentimientos que nos interesen. Haciéndola los regalos adecuados y procurando que en su dormitorio tenga todo lo que a ella le gusta y necesita,  sin darse cuenta dejará de salir de él y su vida se reducirá a esas cuatro paredes. Como ves, todo está controlado.

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