EL RINCON LITERARIO/ Cuento escrito por Clara E.Rodríguez

UN LOBO NO TAN FEROZ

 

bosque¡Cada vez me levanto más achacoso!, cuando no son las rodillas, es la espalda, o algún diente que empieza a moverse sospechosamente; del oído mejor no hablar, antes oía hasta el vuelo de un mosquito que pasara por el río y, ahora, o tengo la comida a dos palmos de mis narices o soy incapaz de oírla u olerla. ¡Qué viene el lobo feroz! ¡Qué viene el lobo feroz! ¡Ay, qué tiempos aquellos! Ya sólo soy el lobo del rabo “chamuscao”. ¡Qué incidente tan vergonzoso! Aquello fue el principio del fin para mi reputación. ¿Cómo, que no sabéis lo que pasó? Pues escuchad atentamente, os lo voy a contar.

Hace ya algún tiempo vivían por estos lares tres cerditos que eran hermanos, Pasqui, Pesqui y Pusqui, y aunque yo prefería otro tipo de comida que resultase más emocionante conseguir, ése fue un mal año, pues hubo muchos cazadores y la pitanza escaseaba, pero había que comer, así que me dije “¿por qué no los tres cerditos?” eran piezas fáciles de conseguir, sobre todo para un experimentado cazador como yo.

Anduve varios días merodeando alrededor de sus casas para conocer sus costumbres y ver por donde atacarles más fácilmente. No podía fallar, ¡yo era el lobo feroz y ellos, tres ingenuos cerditos!.

Estaba claro, el primero en caer sería Pesqui, era bastante despistado y vaguete, tanto como para construir su casa con paja para tardar menos y poder salir antes a jugar. Me fui acercando sigilosamente, escondiéndome tras los árboles y arbustos, pero no me di cuenta de esa maldita rama y la pisé, chascó, el cerdito levantó la vista asustado y pudo ver mi gran hocico. Salió corriendo como jamás hubiera imaginado y se encerró en su casa. No había problema, ¡era de paja!. Me acerqué y le dije: “¡O me abres la puerta o soplaré y soplaré y tu casa derribaré!” Dicho y hecho, con un solo soplido la casa se desmoronó entera. Pesqui, que estaba escondido bajo una mesa, dio un salto con tan mala suerte para mí que la mesa cayó sobre mi pata izquierda ¡qué dolor!, cuando quité la mesa y me repuse del dolor que sentía, no había ni rastro del cerdito.

¡Porras! ¿dónde se ha ido?”, me pregunté, aunque medio cojo como iba, a no ser que el cerdito hubiera estado a mi lado muerto del susto, no hubiera podido atraparle. Estaba claro que no diría nada a nadie de lo sucedido, simplemente me lo había comido.

Tardé unos dos días en medio curarme la pata y sentía un hambre voraz. Esta vez no iba a fallar, iría a por Pasqui. Éste era bastante más espabilado que su hermano Pesqui, pero lo único que le gustaba en esta vida era estar sentado bajo un árbol tocando la armónica; además su casa la había construido con palitos y también era bastante endeble.

Estaba cerca cuando empecé a escuchar la alegre melodía que el cerdito estaba tocando con la armónica, pensé para mis adentros “¡Aprovéchate, es la última vez que tocas ese instrumento!” Fui acercándome poco a poco cuando de pronto todo queda en silencio, no se oye la música. Miro entre los arbustos y veo que el cerdito se ha levantado para limpiar la armónica con un trapo. Estaba un poco lejos de mí, pero calculé que con un buen salto podría alcanzarle. Allá que me lancé, pero me quedé corto y me despanzurré ante los asombrados ojos de Pasqui, quien salió corriendo y se encerró en su casa. “¡Palitos a mí!” pensé. Me acerqué y le dijé : “¡O me abres la puerta o soplaré y soplaré y tu casa derribaré!” Esta vez me costó más de un soplido, pero lo conseguí, la casa se vino abajo, con tan mala suerte para mí otra vez que las astillas de uno de los palos se me clavaron entre las uñas de la garra derecha ¡qué dolor!, aunque lo que más me dolió es que este cerdo también se me había escapado. No podía seguir así, era un desastre; eso sí, nadie se enteraría, todos debían pensar que al cerdito me lo había comido yo.

Al día siguiente, aún con la garra derecha dolorida, me fui en busca del tercer cerdito, éste no se me podía escabullir. Estaba hambriento como nunca antes lo había estado; pero, sobre todo, estaba furioso, ¿cómo había sido posible que dos cerdos tan pardillos me hubiesen dejado en el más absoluto ridículo? ¡No lo podía consentir!

Medio cojo y medio manco llegué por fin a la casa de Pusqui y ¡sorpresa! allí estaban también Pasqui y Pesqui. ¡Bien! Ahora podría vengarme de los tres. Tan fuera de mí estaba que salté sobre ellos sin calcular la distancia que nos separaba y caí de bruces unos pocos metros delante de los cerditos, lo que aprovecharon para refugiarse en la casa.

Avancé a grandes zancadas y golpeé la puerta gritando: “O me abrís la puerta o soplaré y soplaré y la casa derribaré!” Y los muy insolentes me contestaron entre carcajadas “¡Sopla, sopla, lobo feroz!”. Hinché mi pecho hasta no poder más y solté un verdadero vendaval por la boca. No pasó nada. Lo volví a intentar. Seguía sin pasar nada. Entonces me di cuenta: la casa estaba hecha con ladrillos y cemento. Era evidente que tenía que encontrar otra fórmula para entrar. Tomé carrerilla y me abalancé con todas mis fuerzas contra la puerta para derribarla. Imposible, era de madera maciza, no le hice ni un rasguño, en cambio mi hombro quedó muy mal parado.

Cuando ya estaba a punto de desistir y marcharme agachando el lomo, lo vi claramente; sí, allí, arriba estaba la solución a todos mis problemas: ¡la chimenea!. Entraría por ella sin que me vieran y los cogería desprevenidos. Acentué los gestos de dolor en mi hombro y también mi cojera, por si estuvieran mirando por alguna rendija de las ventanas, hasta que llegué a la parte trasera de la casa y comencé a trepar por el tubo de la chimenea. Era mucho más fácil de lo que yo me había imaginado. Una vez hube llegado al tejado me colé por la chimenea y fui bajando lentamente. Empecé a sentir un cierto calor que cada vez se hacía más y más intenso, hasta que de pronto el ambiente fue insoportable y comprobé con pavor que mi rabo estaba ardiendo. Di tal alarido que me pareció que se tambaleaba todo a mi alrededor, salté hacia fuera y huí lo más rápido que pude hacia el río para apagar el fuego de mi chamuscado rabo, mientras oía a lo lejos las risas y los gritos de alegría que los tres cerditos daban.

En fin, hoy, después de tanto tiempo, hay noches que antes de dormir me parece escuchar esas risas y esos gritos de nuevo y, os aseguro, que se me erizan todos los pelos del cuerpo. También he de deciros otra cosa, que desde aquel horroroso día me prometí a mí mismo que nunca, nunca más volvería a comer carne de cerdo.

 

Clara E.Rodríguez

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