EL RINCÓN LITERARIO/ Ayudando a un amigo

Millones de niños están hoy muy nerviosos porque esta noche esperan a Papá Noel. Otros niños tendrán que esperar a la noche del día 5 de enero, cuando llegan los Reyes Magos. Otros esperan a los dos y muchos no pueden esperar a ninguno. En el Rincón Literario de hoy nos proponen una manera distinta de ver la dicotomía creada entre Papá Noel y los Reyes Magos. Esperamos que os guste. La historia lleva por título: “Esperando a un amigo”.

AYUDANDO A UN AMIGO

24 de diciembre, 8 de la mañana. En el taller de juguetes de Santa Claus la actividad es frenética. Decenas de duendes trabajan para ultimar hasta los más mínimos detalles, todo tiene que estar perfecto para esta noche, la gran noche de los niños, de la ilusión, de la magia.

No muy lejos del taller, en una preciosa casa de madera, el doctor Pinkli está mirando el termómetro. No hay duda, Santa Claus está enfermo.

- Santa, tienes gripe –le dice el doctor mientras saca un frasco de su maletín.- Debes tomarte una cucharada de este jarabe cada 8 horas y, lo siento, pero no puedes salir en unos cuantos días.

- Pinkli, no me puedes decir eso. Esta noche tengo que salir. ¿Qué pasará con todos los regalos y las ilusiones de los niños?

Santa Claus está muy preocupado, nunca le había pasado nada parecido. Es cierto que después de tanto tiempo en estos menesteres, alguna que otra vez había tenido complicaciones, ventiscas, alguna avería en el trineo; en fin, problemas que se habían solucionado rápidamente y que nunca se tradujeron en no poder repartir los presentes.

Tal vez si me abrigara más, si me tomara dos cucharadas  en vez de una...” entre pensamiento y pensamiento mira a la señora Claus pidiéndola ayuda.

- ¿No podrían algunos de tus duendes hacer tu trabajo esta noche? –preguntó el doctor.

- Sería muy complicado que los duendes hicieran el trabajo -respondió la señora Claus-, pero... puede haber una muy buena solución.

- ¿Cuál? -preguntó Santa, mirando sin pestañear a su mujer.

- Tienes tres grandes amigos -sonrió la Señora Claus-, que estarían dispuestos a echarte una mano y lo harían muy bien, están acostumbrados.

- ¡Claro, Señora Claus! -suspiró aliviado Santa Claus.- Por favor, dile a Tulin que venga a verme...

- Tranquilo, Santa, ya me ocupo yo de todo. Tú descansa como te ha dicho el doctor.

La Señora Claus habló con el duende Tulin y dispuso todo para que  partiera de inmediato a pedir la ayuda que tanto necesitaban.

Tulin subió a su trineo y ordenó a sus renos que pusieran rumbo al sur. En un abrir y cerrar de ojos ya estaban viendo palmeras, arena y sol, mucho sol. Por fin divisó el oasis y tras una maniobra de aterrizaje, posó el trineo a la orilla del agua para que así los renos, y él mismo, pudieran refrescarse del asfixiante calor que los rodeaba.

Con el bullicio que se formó y la polvareda que levantaban los animales, enseguida salieron de las jaimas unos cuantos pajes para ver qué era todo ese jaleo.

El duende se acercó a uno de los pajes y le explicó que necesitaba hablar con los tres sabios urgentemente, Santa Claus en persona necesitaba su ayuda. Gándulf, que así se llamaba el paje, le acompañó hasta una tienda central, de color rojo, naranja y dorado. Cuando entraron Tulin se quedó boquiabierto al ver la belleza de las telas, las alfombras, así como los muebles y demás enseres que adornaban aquel lugar de auténtico ensueño.

Gándulf fue a hablar con un hombre que estaba en el centro de la sala consultando un gran libro dorado, sus vestidos eran de color verde, su cabello y su barba de un pelirrojo oscuro y brillante, y sus ojos profundos como el mar. Tras una corta conversación, con paso tranquilo, aquel hombre se acercó al duende.

-¡Hola, soy Gaspar! -dijo con una sonrisa que iluminaba todo su rostro.- ¿Qué necesita mi buen amigo Santa?

- Majestad -contestó el duende haciendo una profunda reverencia y con el tono de voz más ceremonioso que encontró-, me llamo Tulin y soy el duende personal de Santa Claus. Él se encuentra enfermo, el doctor Pinkli le ha dicho que es gripe y tiene para varios días en cama. Hoy, como ya sabéis, es 24 de diciembre y no hay quien pueda repartir los regalos de Navidad a los niños. Santa Claus les pide ayuda para que, por favor, sean Vuestras Majestades quienes lleven esta noche la ilusión a los pequeños en su nombre.

- ¿Santa enfermo? ¡No es posible! -se oyó decir a una voz dulce y suave que venía de algún sitio detrás de Gaspar.

Tulin se asomó y pudo ver a un anciano de blancas barbas, bastante parecido a Santa Claus, pero más bajito y sin gafas. Sí, era evidente, no podía ser otro que el Rey Melchor.

- Meleck, ven, date prisa -le urgió el anciano a su paje-. Ve a buscar a Baltasar. Dile que nos vamos de viaje ya.

El joven Meleck se dio media vuelta para salir a toda prisa, cuando se dio de bruces con el mismísimo Rey Baltasar que en ese momento entraba en la jaima.

-¿Adónde nos vamos tan deprisa, Melchor? -preguntó el joven rey.

Entre todos, y un poco atropelladamente, le explicaron los problemas que habían surgido esa misma mañana en el Polo Norte y de por qué tenían que ponerse en marcha ya mismo.

Antes de que los renos pudieran refrescarse lo suficiente, ya estaban otra vez rumbo al norte, aunque ahora la caravana era de lo más variopinta, Tulin iba con los tres pajes en el trineo y los Magos en sus camellos.

Una vez en el pueblo de Santa Claus, fueron enseguida a saludarle y a decirle que no se preocupara por nada, eran profesionales y todo saldría a pedir de boca, aunque según se lo decían los dientes les castañeteaban de frío, por lo que la Señora Claus les trajo jerseys de buena lana tejidos por ella misma, para que se los pusieran debajo de sus trajes.

Al ritmo acelerado del trabajo en el taller de juguetes, se le unía la curiosidad de los duendes por ver en persona a los tres Magos de Oriente, algo que ninguno de ellos había conseguido nunca. Todos querían saludarles, darles las gracias y desearles una "muy buena noche".

Al fin había llegado el momento. Todo estaba preparado. En el trineo, que pilotaba Tulin, iban los tres pajes, Gándulf, Meleck y Basili, medio aprisionados por los regalos y cada uno de los tres reyes llevaba en su camello un enorme saco con el resto los juguetes.

Santa Claus veía la escena, muy emocionado, desde la ventana de su habitación. "Ojalá tengan suerte y no se hagan mucho lío al entrar por las chimeneas" pensaba el bueno de Santa.

Comenzaron a surcar el cielo bajo una preciosa luna llena y un manto de estrellas a cual más brillante, cuando divisaron, a lo lejos, el primer pueblo donde debían parar.

Melchor llevaba los regalos de la primera casa, así que los cogió y se dispuso a entrar por la chimenea. "No puede ser tan difícil", se dijo a sí mismo cuando vio una abertura tan pequeña comparándola con su tamaño. Dijo la fórmula mágica y ¡hale-jop! ya estaba dentro colocando todos los regalos bajo el Arbol de Navidad.

Fue realmente divertido porque ellos no están acostumbrados a entrar por la chimenea, ni a dejar los regalos en unos calcetines; sino que pasan por la ventana y los dejan al lado de los zapatos recién limpios.

Cuando empezaba a despertar el nuevo día, ya estaban de vuelta en el Polo Norte. Contentos, cansados, felices y agradecidos porque esas Navidades tenían el privilegio de poder hacer felices a los niños dos veces, una en nombre de Santa Claus y la otra en nombre de ellos mismos.

Clara E. Rodríguez Serrano

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